martes, 27 de agosto de 2013

Al borde de la cama.

Si se sienta ella al borde de la cama solo es para recordar. A veces necesita recordar el número de teléfono al que tiene que llamar para preguntar el costo del arreglo de alguno de los aparatos que tiene, y para agregar ese precio a la lista de deudas secretas que esconde en su habitación; a veces necesita recordar el nombre del cuento aquel que por cinco minutos fue su mundo entero, y de donde cayo con mucho susto cuando el taxista que casi le atropella hace sonar su claxon estrepitosamente en reprimenda a su profundo ensimismamiento que la había hecho intentar cruzar una avenida llena de autos; a veces necesita recordar la cara de la persona en la que en ese instante quiere soñar. Hay que decir que eso último no suele ser tan complicado, pues sueña siempre en quien reconoce y quiere conocer, y lo sueña porque se convenció tras semanas, meses, una pocas veces años, de que en verdad esa era la persona ideal a quién ella debería conocer, porque esa persona sin duda la querría conocer también, y como se había equivocado soñando en esas personas que a pocos segundos ya recuerda. Pero si hay que decir eso último, también esto que viene después, y es que no podía recordar con facilidad la cara de este a quién ahora quería soñar. Principalmente porque no habían pasado meses, y eran apenas un par de semanas, y tal vez porque no estaba convencida de que en él quisiera soñar, porque no lo había observado tanto, y porque ahora si le tiene miedo a sus pretensiones, academicistas creo que se pueden nombrar, en donde ninguno, ninguna de por ahí serían tan consientes de las verdades que venía descubriendo como ella, o como ellas las que ya las habían descubierto. Sea como fuere estaba ahí al borde de la cama intentando recordarlo, su cara, ¿cómo era su cara?, -Creo que tiene hoyuelos, sé que los tiene, un par de gafas, unos labios un poco secos, pero no lo suficiente para hacerlos indeseables- en verdad no sabía como era su cara, y entonces se lanzó sobre su espalda para lamentarse la mala fortuna de no poder recordar a quién ahora quería soñar, y quién decía estarla soñando. Cerró los ojos con sus manos sobre ellos, como en la prolongación a la gran pena de no poderlo soñar, y recordó sus manos en su cintura, como se sintieron más calientes que el aire ese último día en que se vieron, y recordó ese extraño y placentero sentir derramado en su cuello cuando él prefería besarla allí justo después de que ella sin hablar se lo indicara, y recordó que el comprendió esas indicaciones mudas que ella hizo, recordó su olor y ese placer extraño, y seguramente afirmará que aprendido, por sentirse segura una en el resguardo casi desnudo de un abrazo fuerte. Se sentó de nuevo, en verdad no vi si sonrió, pero creo que había algo de alivio en sus ojos, en verdad no recordaba, pero ya pensó que tal vez si lo podría soñar algún otro día al borde de su cama. 

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